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Alas de libertad, en los hombros

Foto de portada: Un cóndor vuela libre, liviano y muy cerca de mí casi en la cumbre del cerro Inti Huasi, en La Carolina, San Luis.

Todo viaje es una fabrica de anécdotas que trabaja las veinticuatro horas del día. Y con el paso del tiempo, recordarlas y recordar ese viaje, traen aun más anécdotas o se complementan con la realidad del momento.

En mi paso por la provincia de La Pampa, buscando dos pueblos específicos, Quetrequen y Parera, donde nacieron mis abuelos maternos y buscando ver en persona todas esas historias contadas por ellos, termine dando con familiares lejanos que se hicieron muy cercanos en cuestión de segundos.

Un día, desde Parera, y luego de acampar en la cancha de fútbol en el Club Agropecuario de Parera, me fui caminando hacia Quetrequen por caminos rurales internos. Acampe entre la puerta de vestuarios del local y del visitante recomendado por Alexis “El Rusito”, un policía en moto que me crucé la noche de mi llegada al pueblo. Quien amablemente ante mi consulta de donde poder acampar me dijo que había dos opciones, pero en el club nadie me iba a molestar porque no había nadie. Fue mentira, luego comprobé una pareja de Teros en la madrugada que me tocó despertar allí.

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Club Agrario de Parera, La Pampa, y allí entre Visitante y Local mi carpa.

Al finalizar el recorrido de este camino rural, donde las historias de mi abuelo se hacían carne y hueso llegue a Quetrequen, luego de cruzar la ruta 188. Pase por un almacén, bien de pueblo, donde los artículos se cuentan con los dedos de la mano de un delfìn, y allí en una pequeña charla que se entabló y donde explicaba el porque de andar por esas tierras la señora que me atendía dijo “aca a la vuelta esta la delegación de la Municipalidad y una señora con el apellido de su abuelo seguro es familar suyo”. Tome las indicaciones y me fui a la delegación. Me presente ante otras dos señoras y al repetir el porque de andar por aquellos pagos una de ella me dice “vos debes ser el hijo de María Ines, uno de los mellizos”. Soy gemelo, pero el resto tuvo gran acierto. La señora era una prima segunda de mi vieja y que sabía más de mí que yo de ella.

Con su familia pase la noche buena y navidad. En casas de gente que no me conocía pero que abría la puerta de la casa y de la heladera como si me hubiesen criado. Y en uno de esos almuerzos esta anécdota tuvo una gran relevancia con el pasar del tiempo.

Lo presento tal cual fue comentado brevemente a un amigo Juan, otro viajero.

“Te cuento una anécdota. En Quetrequen, La Pampa, conocí unos primos segundos de mi vieja, gente de 40 a 50 años. Donde pase con ellos Navidad. Cuestión, un día en casa de uno de ellos, que tienen tres hijos entre 17 a 20 años, el mas grande Walter, abrió los ojos ante mi breve relato de andanzas en la ruta. La madre me miraba de reojos mal, muy reservada. Yo, con mi sutileza que me caracteriza pero con la dominación para formatear cráneos cuando es necesario, dije las palabras exactas para que sea responsable en sus actos y no tome todo con libertinaje. La madre quedo tranquila ante esa actitud mía, pero yo sabia que la semilla dejaba en el cerebro del chico germinaría. Hoy me entero por parte de su tía que me dice “holaaaa seguí tu viaje por face, muy bueno…mi sobrino Walter el hijo de Pablo se fue de mochilero a Monte Hermoso y ahora sigue, esta feliz, te vio y se animo a algo que hacia mucho quería y los padres no lo dejaban,ya tiene 20 años y se fue”. Luego de esa conversación en aquel amuerzo, mi siguiente paso fue en el momento que los despedía, le dije a Walter “Mira, esta es mi mochila, la mochipublica (a todo el mundo le conté la historia y quedaron fascinados, incluso repitiéndola a otras personas), siempre ten en cuenta que el peso tal va acá y el menor acá y bla bla. Bueno, ahora pontela y fíjate. Era como ponerle Alas a un animal sin ellas. Primero dijo “epa!, pesa” y al rato, el peso de la libertad se había acomodado en su cuerpo y dijo “pero no es tan complicado, esta bien”. Y listo, ahí me di cuenta que iba a ver novedades con Walter en breve. 

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Allí esta la Mochipública, haciendo de mesa de luz junto a una silla, en la primer noche donde me aloje por solidaridad en ese viaje por Mendoza, La Pampa y San Luis. En este caso en el comedor del parador El Chacallal, El Sosneado, ruta nacional 40 km 3000, Mendoza. Los comensales ya se habían retirado y debía madrugar para no molestar a quienes al otro día vendrían a desayunar.

Y con esto reflexiono que uno nunca sabe el poder del relato y la palabra, en situaciones tan cotidianas. Siempre habrá alguien que escucha con atención nuestra voz, y tal vez en palabras simples o sin intención de estar diciendo nada, para el oyente estamos diciendo todo o una gran revelación. Donde con el paso del tiempo, será una transformación de sus actos o como individuo, permitiendo algo más para su aprendizaje. Somos una esponja que absorbe todo lo que nos rodea, sin poder detener ello.

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7 comentarios sobre “Alas de libertad, en los hombros

  1. Diego, gracias por leer. Desde ya que tenes razón. En este caso fui yo quien inspiró eso mismo que he recibido de otros. Si nos ponemos a conectar con cables quien a inspirado a quien en este mundo, podemos decir que la humanidad en si misma es una hermosa inspiración. Saludos!

  2. A veces ni nos acordamos de todas aquellas personas, aquellos viajeros, aquellos personajes que hace años nos hicieron pensar ¿podría yo viajar también así de libre? Es como si la inspiración se volviera cosa de todos los días… pero cada viajero siempre abre unas cuantas puertas al caminar. Me alegro de que encontraras así una de esas personas que salió por una puerta tuya 🙂

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