Blog Andres

Los porque

 

Mirando un costillar transpirar, en medio de la calle. El humo, el sol, la sombra. Elementos de alquimia que me transportan en el tiempo. A cuando era chico y a esas horas previas a los asados que hacia mi abuelo en su casa de Castelar. Como niño, mataba el tiempo jugando con mi hermano Ale, dando vueltas entre mayores. Y como quien soy, inconscientemente observaba todo. No todos se comportaban de la misma forma. Mi abuelo atento a que no abriéramos la puerta del cuartito de herramientas, por si acaso una chispa se metía para armar un fuego  incontrolable, como si ese cuarto de chirimbolos, herramientas, palas y asadas, fuesen esas pampas verdes que fueron manto de protección ante su fragilidad corpórea de su niñez, como peón de campo. El peligro latente de borrar el pasado selecto, se manifestaba con estos sencillos recaudos.

En otra esquina del cuadrilatero se encontraba mi viejo, quien mediante lo ludico y bohemio, a manotazos sutiles de ahogado, tomaba distancia de la realidad y de las conversaciones aburridas de protocolo, para él, y se iba al fondo del mar de ese universo elegido. El cual podía ser una sencilla observación de cuadros de fotografías, la contemplación de la sombra de una parra o el indagar en el dial de una radio AM, ese partido del ascenso, que no era Morón, pero se acercaba a lo conocido y maniobrable en la mente.

Esa forma de ser, la tome en parte sin darme cuenta, y hoy en día como un chico o como ese chico adulto, es una forma de comportarme, hay veces. Y en el escape a lo monótono y desinteresado, me inmerso en los mundos de los juegos de niños presentes, a los quehaceres de la gastronomía del momento, a la logística de la organización, al desenfoque vitrio de una copa de vino o a una conversación con un similar, que escapa a los juegos de mesa, porque no sabe ninguno. Y cuando le enseñan, se olvida enseguida si fué al baño y regresó.
Quienes completaban la escena, las mujeres de la casa. Mi abuela y mi vieja, compinches en su naturaleza. Cuidando una de otra. Como en agradecimiento mutuo de la entrega hacia el otro. Mi hermano mayor, dibujando en el aire con su arte natural, incluso ante la falta de papel y lapiz, reemplazados por plato, cuchillo y tenedor, no frenaban esa explosión de talento.

La puerta de entrada, un columpio para matar la espera, de esas achuras achuradas, de ese pollo inmaculado en limón y sal y de alguna parte vacuna para completar.

Previo a la cuestión gastronómica, esos mediodías en el conurbano, eran la entrada a las tardes y siestas silenciosas de un barrio. Cuasi el campo mismo de La Pampa.

Los porque de hoy se expanden en respuesta hacia el presente y el futuro, sin limitaciones y constante modificación. Un día le increparon a Borges con un “ud hace año dijo tal cosa”. El contesto, hace un año, ese yo era otro yo.

Hoy, los porque, se diluyen en la mente sanamente, sin alambrados.

Los porque. Cafe Tokio. 12hs, 8 de marzo 2014.

CAM00135~2[1]

Fotografía del sitio Terratril

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