Blog Andres

Otoños Neuronales

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Escena  1:

Uff… porque en este mismo momento al salir del trabajo, caminando hacia el colectivo miraba las nubes iluminadas por el sol. Veía una nube alta modificarse por una más baja. La alta tendía a la forma de Lenticularis, guiso de lentejas pensaba yo, con vino, pero el clima no está tan frío.

Sentí la temperatura del aire, el viento en la cara, una hoja amarilla de otoño y de pronto me vi en una montaña mirando lo mismo, sin tener que volver. La mochila pesaba distinto y tenía otros objetos. Las piernas de todas formas se sentían ligeras. Como cuando caminan sin importar cuanto, dónde y porqué. Una vez que pasaron el umbral de dolor y de razonamiento.

La forma de la pendiente se mueve igual que yo. Salto la próxima piedra y más cerca del cielo estoy. La amplitud térmica de la exposición al sol y el refugio de la sombra, despiertan los registros de cambio de estación, que son registros nostálgicos. Creo yo debido a que cuando éramos más chicos, los cambios de estación estaban dados y relacionados a cambios de vestimenta. Sumados a una cantidad adecuada o no de recomendaciones de andar vestidos de cual o tal forma por vuestros padres y abuelos. Esa educación textil, esa explicación del porqué tal cosa, uno sin dudas que lo registra mejor que en los lugares socialmente correctos de enseñanza.

Escena 2:

#tiradademapas sobre la mesa, para que los ruidos del camino se marquen en los oídos y se oigan en los pies. Rumbo sud, nuestro norte. Rutas del campo, tranquera y barro. Pueblos vivos, muertos en guías. Estos pequeños viajes ocasionales desempañan el vidrio del tercer ojo y mejoran el foco de la realidad. La cual hace muchos años, indicaba que la Libertad, siempre estaba lejos de uno, del otro lado del horizonte. Sin dudas que así siempre parece esconderse la sensación del libre albedrío. Con el tiempo y añejando lo vivido, esa distancia se acorta tanto que finalmente la libertad está dentro de uno, El Lugar. De lo que piensa y siente, de lo que elige registrar y procesar de lo que vive. Y aún falta más. Vivimos todo. Somos una gran esponja que absorbe sin medida. Una radio con el dial infinito que capta todas las señales. Una capacidad ilimitada tal que una sola mente no lo puede comprender. Apenas, una parte. Pues a conectarse con esa mente, la propia.

 Escena 3:

Madera curada por los años. Marco de entrada. Barrotes esquivan el óxido y siguen firmes. Pared que muta y cambia de color. Barrio que no deja de serlo. Hojas que inundan todo y dejan una paleta de color tan precisa que ninguna otra estación puede hacerlo, ni siquiera la primavera de jacarandás olvidadizos que se le caen sus hojas, puede llegar a acercarse a tal matiz. Escuetos terrenos que verticalizan la vida en pisos, pero no tantos para evitar tapar los horizontes. Tranquilidad de domingo pero durante todos los días. Cielo celeste, nubes blancas. Amarillo, marrón, ocre, violeta y verde mutando. Este es mi barrio hoy.

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