Blog Andres

Dispersando el cuerpo en rutas

Despedimos a Juan Pablo Villarino en la estación Villa del Parque, luego de un desayuno en el café notable Tokyo. Nos dejo vibrando la piel rutera y esta se transformó en las cuadras que nos unieron hasta mi casa en…un pulgar latente. Decidimos irnos a dedo a Urdampilleta en ese mismo momento. Un almuerzo rápido. Dejar diligencias preparadas y nos fuimos para Once. Alli a las 17hs salimos en el 88 con destino a Lobos. Un piquete en Nazca y Rivadavia demoró casi una hora el trayecto. Pero eso no era todo. En San justo tuvimos que cambiar de unidad al romperse el compresor de la que nos llevaba. El sol buscaba el horizonte sobre la ruta 3 y el fuego buscaba el cielo en otro piquete por Gonzalez Catán. La matanza…de lo estático. Recorrido alternativo hasta pasando el peaje de Ulibelarrea. Allí la noche invitaba a hacer dedo. Cargamos un termo para compartir con quien sea nuestro próximo chofer. Cartel estratégico y enseguida frena Pedro, transportista, que hace Tandil-Buenos Aires dos veces a la semana. Nos acercó hasta Saladillo luego de un termo de mate y meta charla de Mar del Plata. Ya que era nacido en esa ciudad. La ruta 205 nos dio banquina faltando treinta minutos para la medianoche. Acordamos que a la hora haríamos mate para combatir el frío. Matera a la vista al igual que el cartel, era la seducción hecha iconos para conquistar la vista esquiva de quienes pasaban con sus vehículos. El placer térmico cada vez que pasaba un camión con su estela de aire caliente intentaba equilibrar, con suspenso, ese frío sigiloso que buscaba secuestrar la bondad de nuestros pies. Las Kangoo y Partner al ser divisadas en la rotonda disparaban cantos de cancha como aliento. Nuestro corazón estaba en esos modelos. Y cuando uno pone el corazón, la cosa no falla. Y casi al cumplir una hora, salió un café de saquito improvisado en la tapa del termo, cuasi matafuego en un incendio. La Partner que le siguió no recibió cantito pero si un silencio de fe. Y a los trescientos metros al pasarnos se detuvo. Las luces de marcha atrás eran dos luceros, uno para cada uno, para premiarnos por la perseverancia de hacer autostop de noche. En pleno cambio de quincena turística. Luis Soler, jefe de estación de ferrocarril, de la casi olvidada Riestra, volvía a Bolívar. Y volvía con nosotros.Los últimos 200km hasta un punto conocido. Amablemente nos invito para el futuro, hacer el tramo Constitución-Riestra y finaliza hasta Bolívar en su coche, al terminar la jornada laboral en la estación. Tarea principal, venta de pasajes, para ese tren de 70 asientos que resiste a la desconexión férrea. Llegamos a la terminal de Bolívar minutos antes de que El Rápido llegará. …lento, donde mágicamente nos lo cruzamos en ruta antes, al hacer autostop, supo esquivar la vista de nuestro cartel. Este nos conectó a Urdampilleta y a nosotros mismos y esa fe inquebrantable de que cuando uno quiere, uno puede.

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