Blog Andres

Respirar

05/06/2015 – 19hs – Coche 601 – Butacas 45-46-47 – Tren desde Constitución a 25 de Mayo

Luego de parar en Banfield, en cercanías de la estación y alejados de la certidumbre, el cambio de locomotora era la correcta traducción de lo que en mi interior sucedía. Ya no iba más esa cabeza de serie. No es que se paraba la marcha, algo jamás aceptado, la marcha seguía solo que con otro buey. El open mind ligero del pasado decantadaba en un, más, solito change mind.Juegos de palabras en otro idioma tan solo para interpretar con seriedad.

Un rincón literario entre dos asientos de tres. Donde dos leían escritos cerrados y yo jugaba al arriero con las palabras , que mi birome representaba como un electrocardiograma al ritmo de mi interior. Solidificando la liquidez de mis pensamientos. Las palabras, cadáveres ordenados de la mano de aquellos pensamientos que estuvieron vivos instantes atrás, quizá, No son necesarios los abrigos del pasado para la buena aventura en el porvenir. Son tiempos de sentir el frío, los calores y así, aprender a elegir de nuevo. El nuevo paradigma abriga a los sueños e ideas del presente. Protegen sabiamente para poder caminar. Pasos lentos y firmes conjugan el pasado esperando lo que vendrá. Y observando lo que es. Lo que soy.

La luz varia en intensidad, en cada paso por la estación o detención aleatoria, al ritmo de la respiración de la técnica.  Que no conoce de naturaleza aunque se rige con sus leyes. De la misma manera lo hacen las emociones, que no entienden de mundos binarios siendo felices en la diversidad de estados. Luchando contra aquellos que limitan, o así lo intentan, en estratos. La ventana sucia, la luz ambar, la pared marrón, el brillo del aluminio y el color calor de esa parrilla que nace. Al costado de una casilla de seguridad, esperando una carne de principio de mes, para combatir un frío de viernes de otoño. Que no lo es y tampoco espera al invierno.

Cada vez es más sencilla la desconexión. De mi cabeza con el presente controlado. Me permite ver desde el interior en donde estoy sumergido y hacia dónde voy nadando. Una gran pileta que no tiene bordes. A lo sumo entre mi valentía y falta de temor.  Esas posibilidades, hoy siento y hoy presentan un escenario que conlleva a gran parte del cono sur. Empezando por el mundo, desde el final de él. Me habré acostumbrado a esperar en las salas de espera de las clínicas del pasado. A los resultados de estudios y análisis que decían cosas raras inentendibles. Pero que definían hacerse cargo.  Paciencia y ocuparse eran dos plantas que crecían a la par sin robarse la luz de la vida, en las sombras posibles de la desesperación.

Todo comienza con un llamado. El de la vida cuando ya estas vivo. Un round donde los guantes, de los eventos, se multiplican con factor de pulpo. El arte de morir es una materia aprendida sin necesidad de asistencia perfecta o buenas notas. Tan solo estar, sentir y observar desde lo inevitable, hace a uno un erudito. Siento satisfacción realmente al comprender ese mensaje tan claro, tan visible y expuesto, tan necesario de saber, y tan simple a la vez. Como el hecho de asimilar la naturaleza misma en las márgenes del ciclo de vida y muerte. La palabra vida sola es el oro buscando y preservado que silenciosamente, del otro lado a escondidas, cual taba de la incertidumbre,  trae aparejada a la muerte, la conclusión. Y la palabra muerte, tan esquivada y evadida hasta el infinito mismo para demostrar lo inverso, lo finito de la naturaleza cíclica. Ese premio solo en el podio donde nadie quiere subir a buscarlo. Ese premio por competir, sin necesidad de ganar nada. Apenas comprendemos, tenemos la posibilidad de entender el secreto más expuesto pero mejor guardado, la regla de juego por excelencia, la ficha de domino con diversas caras, la sabiduría de la vida, saber que uno va a morir, es la liberación por excelencia. El dato más importante de todos. La fuerza para hacer, la muerte.

Adosado a la dualidad anterior, cual régimen imposible de evadir, está el motor de la vida. La herramienta todopoderosa. La que no pedimos y no podemos deshacernos. Lo primero que hacemos en el primer amanecer fuera del cuerpo de nuestra vida. Y el último atardecer antes del  descanso de la noche infinita.

Respirar.

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